La Regla Fiscal: un ancla que Colombia no puede soltar
¿Por qué es esencial, por qué se está debilitando y cómo fortalecerla para un futuro sostenible?
En momentos en que el debate público se llena de discusiones sobre gasto social, subsidios, nuevas reformas tributarias y el tamaño creciente del Estado, hay una herramienta que debemos cuidar: la regla fiscal. No es un asunto técnico distante, es una herramienta de estabilidad económica. La regla fiscal contribuye a garantizar que el gobierno tenga recursos para financiar inversión, la credibilidad frente a inversionistas, el costo del crédito, influye en el valor del dólar, el crecimiento del empleo y, en última instancia, las oportunidades para los hogares.
Colombia adoptó formalmente una regla fiscal en 2011 para poner límites al déficit y la deuda pública, con mecanismos de ajuste automático que impiden que los gobiernos gasten sin respaldo. La intención es evitar que la política fiscal dependa del ciclo político y sujetar la toma de decisiones al largo plazo. Una economía que gasta más de lo que produce y que no crece suficiente para honrar su deuda, puede sostenerlo un tiempo con deuda, pero no para siempre. Tarde o temprano el mercado cobra la factura en forma de tasas más altas, devaluación o recortes abruptos.
La pandemia llevó a suspender temporalmente esa regla para financiar la emergencia sanitaria y social. Era razonable, porque en situaciones extraordinarias el Estado debe actuar. El problema vino después de 2022: el gasto no regresó a niveles sostenibles con la velocidad necesaria. El endeudamiento aumentó, el déficit se mantuvo elevado, las demandas políticas crecieron, y el diseño mismo de la regla se modificó para hacerla más flexible, pero también más laxa. Como resultado, hoy Colombia enfrenta una situación fiscal delicada, con menor espacio para invertir y mayor dependencia de recaudo tributario y deuda cara.
¿Por qué la regla fiscal es tan importante? Porque disciplina al Estado. Obliga a priorizar, a planear, a medir impacto. Evita que el gobierno de turno sucumba al canto de sirenas del gasto excesivo de corto plazo con fines políticos. Cuando la política pública no tiene restricciones, todo parece financiable: subsidios permanentes, expansiones burocráticas, gratuidad universal sin sostenibilidad financiera. La regla introduce la pregunta incómoda pero necesaria: ¿de dónde sale la plata? ¿qué dejamos de financiar para financiar otra cosa? Sin esa pregunta, la política funciona como tarjeta de crédito sin límite: popular por un tiempo, desastrosa después.
El economista Francisco Roch, ex economista principal del FMI y experto en sostenibilidad fiscal, ha insistido en que Colombia necesita fortalecer su regla fiscal, no debilitarla. Sus propuestas apuntan a tres mejoras clave:
- Más transparencia y medición independiente.
No basta con tener la regla escrita: debe ser verificable. Un comité fiscal autónomo con acceso a información y capacidad de evaluar supuestos macroeconómicos —sin interferencia política— ayuda a que las metas no sean movidas según conveniencia. El CARF tiene un excelente equipo. Vale la pena analizar si tiene el empoderamiento suficiente para lograr respetar la regla fiscal ante fuerzas cortoplacitas. - Incorporar escenarios de riesgo.
El diseño actual supone un crecimiento esperable, pero no calcula suficientemente choques externos, precios del petróleo o desaceleración global. Una regla fiscal moderna debe anticipar contingencias y activar ajustes automáticos. Es mejor corregir gradualmente que hacerlo a la fuerza. - Priorizar gasto de inversión y limitar gasto corriente.
Una regla que trate igual inversión productiva y burocracia es imperfecta. La inversión genera crecimiento futuro, el gasto corriente rara vez lo hace. Roch sugiere un marco que premie al Estado que invierte bien y castigue el gasto recurrente improductivo.
No se trata de austeridad ciega. Se trata de gastar bien y no gastar más cuando no hay con qué pagar. El país necesita inversión en infraestructura, primera infancia, educación técnica, ciencia e innovación, seguridad y justicia. Pero para financiarlo debemos ordenar la casa fiscal, reducir fugas, combatir la evasión, revisar exenciones ineficientes y priorizar lo que le suma productividad al país.
La regla fiscal es, al final, un pacto intergeneracional. Impide que un gobierno comprometa irresponsablemente el futuro de los siguientes. Es una defensa de los ahorros, del empleo, de la estabilidad para las familias. Cuando se respeta, los jóvenes pueden proyectar su futuro con más certeza; cuando se elude, son ellos quienes terminan pagando la factura.
Colombia debe continuar la conversación fiscal con seriedad. No es un debate técnico, es un debate sobre el país que queremos ser. ¿Uno que gasta hoy y se endeuda mañana? ¿O uno que planea, invierte y construye estabilidad para crecer?
La respuesta debería ser evidente. Sin disciplina fiscal no hay crecimiento sostenible. Y sin crecimiento, no hay inclusión, ni empleo, ni oportunidades.
Cuidar la regla fiscal es cuidar el futuro.
