Café de Colombia: ¡por muchos años!
La caficultura no está condenada a achicarse. Al contrario. Tiene muchos años de prosperidad y transformación por delante. Está cambiando. Y la política pública tiene que dejar de reaccionar a las crisis y empezar a acompañar la transformación. Siendo subdirector del DNP impulsé la redacción y aprobación del Conpes 4052 de 2021 con una visión de largo plazo y una política articulada para la sostenibilidad de la caficultura colombiana a 2030. El Senado de la República debería hacer mejor control político a la implementación de estas políticas para garantizar su correcta implementación y evaluación. Esa política pública ofrece una hoja de ruta que merece ser revisada y reforzada.
Colombia sigue siendo un actor mundial clave. El café es producido mayoritariamente por pequeños productores y es base del ingreso rural en amplias zonas del país. Pero el sector enfrenta tres tensiones estructurales: baja productividad, alta exposición a riesgos y rezagos en bienes públicos rurales. Eso ya estaba claro en la política de sostenibilidad del sector y sigue vigente hoy.
Al mismo tiempo, los datos recientes muestran algo que cambia la narrativa. No estamos ante un abandono masivo. Hay salida de área en regiones tradicionales, pero también entrada de nuevos productores y desplazamiento de la caficultura hacia mayores altitudes, como respuesta a presiones climáticas y económicas.
La caficultura está en movimiento. El sistema se está reconfigurando territorial y demográficamente. Mi propuesta como senador parte de esa realidad. No se trata de “salvar” el café. Se trata de llevarlo a su siguiente etapa.
Primero, una revolución de productividad por trabajador. La principal presión para reducir área es el costo y la escasez de mano de obra, no la falta de vocación cafetera. Necesitamos un programa nacional de modernización productiva que combine renovación varietal, manejo agronómico de precisión, tecnologías de poscosecha e innovación en procesos. Los instrumentos ya existen, pero deben escalarse y focalizarse mejor, como plantea la política sectorial al priorizar acceso a activos productivos y bienes públicos para la productividad. La meta debe ser más kilos por jornada, no más hectáreas.
Segundo, ingresos menos frágiles. El café seguirá expuesto a precios internacionales y al clima. La respuesta no puede ser solo ayudas coyunturales. La política ya reconoce la necesidad de instrumentos de gestión de riesgo y estabilización de ingresos. Propongo fortalecer seguros agroclimáticos, mecanismos de cobertura y fondos de estabilización que operen de forma automática y previsible. Eso permite planear, invertir y sostener empleo rural.
Tercero, adaptación climática planificada. Las nuevas áreas cafeteras están ubicándose a mayor altura que las que salen, lo que refleja adaptación frente al cambio climático. Esto no puede ser un proceso desordenado. Se requiere un fondo de reconversión territorial que apoye traslado de áreas, renovación de cultivos y gestión del agua, articulado con investigación y extensión. Es política productiva y política ambiental al mismo tiempo.
Cuarto, relevo generacional y empresarialización. Hay evidencia de ingreso de nuevos productores, incluidos jóvenes y personas que migran desde otras zonas, con perfiles más empresariales. Pero sin crédito, asistencia técnica y acceso a mercados diferenciados, ese relevo se frena. Propongo desarrollar nuevas líneas de financiamiento y acompañamiento empresarial para nuevos caficultores, conectada a estrategias de valor agregado y cafés diferenciados, coherente con el énfasis de la política en mejorar comercialización y acceso a mercados.
Quinto, bienes públicos rurales como prioridad nacional. La política ya identifica la insuficiente oferta de bienes públicos en la cadena y la baja conectividad en zonas cafeteras como cuellos de botella. Sin vías terciarias, logística eficiente y conectividad digital, no hay competitividad posible. Esto no es un tema sectorial, es agenda de desarrollo rural.
La caficultura del futuro será más productiva, más resiliente al clima y más empresarial. O será marginal. La decisión es de todos. Y empieza por alinear inversión pública, institucionalidad cafetera y Congreso alrededor de un objetivo común. Que el café siga siendo motor de ingresos, cohesión territorial y desarrollo rural sostenible para Colombia.
