Un buen gobierno, en el mejor sentido, debería ser aburrido
No porque le falte propósito o liderazgo, sino porque cuando las instituciones funcionan, no hay drama.
Un gobierno “aburrido” es aquel donde las cosas se hacen bien, con previsibilidad, transparencia y responsabilidad. Donde las decisiones no dependen del estado de ánimo del día, sino de la evidencia, la técnica y el diálogo.
En un buen gobierno, no hay sobresaltos permanentes ni crisis inventadas. Las políticas públicas se planifican, se ejecutan y se evalúan. Los ciudadanos pueden dedicarse a vivir su vida sin temer que una decisión improvisada cambie las reglas del juego.
Los países que progresan no son los que viven al ritmo del espectáculo político, sino los que confían en sus instituciones.
En ellos, los debates son rigurosos, los procesos son estables y los resultados hablan más que las declaraciones.
Colombia necesita menos drama y más consistencia.
Menos improvisación y más planeación.
Menos política del espectáculo y más política de resultados.
Un buen gobierno no se mide por la intensidad del ruido, sino por la tranquilidad que produce y la confianza que genera.
Y si eso parece aburrido, entonces ojalá tengamos muchos años de aburrimiento institucional.
